El Partido Nacional, dio ejemplo una vez más, de su capacidad para ser el principal instrumento de alternativa al desgobierno que padecemos.
En la noche del 28 de junio pasado, los que estábamos en la sede de Alianza Nacional, teníamos dos sentimientos encontrados. A medida que iban llegando los datos de la urnas, sentíamos la alegría por el guarismo de votación de nuestro partido, superior al del Frente Amplio, y por otro lado, la lógica desazón porque nuestro candidato Jorge Larrañaga no obtenía la mayoría de los votos blancos.
Conversando con algunos compañeros allí en la sede, creíamos que lo mejor, era lo que posteriormente hizo Larrañaga, concurrir al Honorable Directorio, aceptar la propuesta de Lacalle, y sellar allí mismo la fórmula presidencial.
Las “urnas habían hablado”, el que pierde, no debe irse para la casa y
observar. Debe encolumnar a su sector, y de esta forma tendremos un partido unido y fortalecido, condición necesaria, para luchar palmo a palmo, y obtener la confianza de la mayoría de nuestros compatriotas.
Se requería la actitud de un líder y algo más.
La actitud de Larrañaga fue bien de blanco. Como él mismo dijo, el deber y el amor al Partido y a la Patria, indicaba que debíamos acompañar al candidato vencedor. Son las reglas de una elección interna, y el pueblo blanco estalló en un sentimiento de emoción.
Aquel sentimiento encontrado, sólo duró unas pocas horas. Nuestra principal calle, 18 de Julio, fue testigo de caravanas improvisadas que expresaban a mi entender dos hechos: la unión del Partido expresado en ese abrazo entre Larrañaga y Lacalle, y que el Partido Nacional superara al partido de gobierno, en lo nacional y en 18 departamentos. Hecho este no menor, pues el Frente Amplio era el partido más votado desde el año 1999.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada